Por las tardes volvía muy cansado. Se me cerraban los ojos, tenía hambre, sed. Me sentía sucio y me quemaban los pies, porque las botas me rascaban si iba con unos calcetines demasiado finos. Por eso repetía de un día para otro, porque sólo tenía un par de pares de buenos calcetines gordos.
No recuerdo qué comía. Recuerdo que llegaba a las cinco. Y que a veces me costaba ducharme porque sólo quería sentarme. Puede que me quedase dormido en cualquier momento.
A las seis de la tarde por la tele no hacen nada. Así que comía algo, o me sentaba en el ordenador a jugar al sensible. Un juego de fútbol donde llevaba un equipo con nombres hechos a mi gusto. Puse los nombres de hicks, hudson, en honor a alien 2, y luego algunos nombres alemanes. O nombres con Z y K y H con doble M y pocas vocales. Ganaba de paliza a cualquier otro equipo, partidos cortitos, y las ligas caían con facilidad. Bebía leche fría con colacao.
Alguna tarde me encontraba con los del pueblo. Iba con una bicicleta de color plata. Nos veíamos sin motivo, por que es lo que hay. Porque no hay nada más. Ellos tenían cierto entendimiento, o a mí me lo parecía así. Yo me sentía al margen, y a uno le tenía miedo. Un día me dijo no vuelvas a llamarme "nen", pero yo lo tenía en la punta de la lengua porque era un vicio y le dije vale "nen". Se lanzó corriendo detrás de mí y yo me lancé por una de las calles que bajaban hacía la carretera. Me la sabía de memoría y no me pilló. Y luego tardé unos días en cruzarme de nuevo con él y no pasó nada.
También se habían montado una liguilla de futbol, en uno de los parques, y ahí iban todos y todas. Pero yo había llegado tarde, y ya habían empezado y todo estaba cuadrado. Así que a veces cogía la bici y daba vueltas. Pero como estaba cansado tampoco me apetecía demasiado. Así que realmente no hacía nada.
Es igual. Hacía frío, y a las seis anochecía. Los partidos eran dos tardes a la semana. El resto de días pasaban como si no hubieran existido. Una vez me encontré con... no recuerdo cómo se llamaba... en el supermercado del pueblo. Nos mirábamos distantes, y si hablábamos eran dos palabras y porque la madre de él estaba ahí al lado. Pero nos molestábamos, nos resultábamos incómodos, y tenía una pinta de imbécil que dudo que todavía se le haya pasado.
Aunque unos años atrás no era así.
Una tarde me crucé con alguien, me dijo que había pasado algo, que los demás estaban en la plaza. Y al llegar ahí estaban todos con cara de muertos.
Porque la muerte puede llegar así, una mañana cualquiera, y llevarse a uno cualquira.
Por las noches cenaba con mi padre. Veíamos la tele. Y no recuerdo qué cosas preparábamos. Tal vez salchichas, y espaguetis, seguramente pizzas congeladas, o frankfurts. Con patatas fritas. O tortilla o huevos fritos.
No recuerdo de qué hablábamos, ni si yo entendía las noticias de la tele.
Supongo que él de postre tomaría manzanas ácidas, de las que se deshacen con facilidad, o plátanos. O yogures franceses baratos.
Yo volvía al ordenador, a mi juego, con mis nazis y mis fantasías. Recuerdo que jugaba hasta el punto de entrar en trance. Las luz verde inmutable del campo de juego y los muñequitos pequeñitos por la pantalla me provocaban soñar despierto. Imaginaba cosas.. que hacía los deberes, que aquella me miraría, que a ése no le aguanto una puta mañana más, que no tengo ganas de trabajar, ni de ir al cole en septiembre. También pensaba con emociones. Sin palabras. Pensaba sexo, y muerte, y vértigo. Pensaba delirios y pensaba monstruos.
Me ponía música, siempre. El primer disco de los dire straits, o uno de los rolling stones, o uno de supertramp, lou reed, y creo que un recopilatorio con cosas de los 70. Pero no estoy seguro.
Más tarde me sentaba en una butaca grande frente a la tele, con un puf para las piernas. Me enroscaba en una manta y cambiaba de canal con el pie. Hacía zappin hasta las doce de la noche, cuando yo esperaba que empezase alguna peli porno en cualquier canal. Pero no, aquel verano no engaché ni una sola. Pero mientras duró yo no cedí ni una sóla madrugada, y así me tragué un montón de basura tonta. Y me enganché a una serie malísima y horrible. Una de un submarino americano, en blanco y negro. Con maquetas cutres y monstruos de plástico. Rayos y zumbidos, y estupideces. Los del submarino eran los buenos, y parecían vestir de gris. Eran tíos viejos, con los pantalones subidos hasta el ombligo y peinado con raya.
Al submarino se le veían los cables con que lo movían por la piscina, y las islas eran siempre el mismo plató, con las mismas plantas sólo que con diferentes ángulos. Las historias eran siempre malas, y siempre era una introducción, una chorrada, un colapso, una catástrofe fatal y un final repentino y feliz.
Cuando ya no podía más apagaba la tele, pero entonces no tenía sueño. Y tal vez eran ya las dos o las tres de la noche. La butaca era incómoda, pero ya sabía que el sofá peor. Y no recuerdo por qué no iba a la cama. Intenté ponerme música, pero era imposible. Y a veces me jodía porque cualquier ruido me despertaba cuando estaba por fin quedándome dormido.
Un día descubrí un cd, de dinah washington. El que tiene la canción "mad about a boy". No me gusta el jazz, ni la música negra, ni el swing orquestal. Pero descubrí que un ligero carraspeo de la voz de dinah cuadraba fantásticamente bien con la imagen de mi profesora de inglés del colegio. Amalda, o Amantia o algo así se llamaba aquella pobre bruja. Fea, bajita, regordeta, con el pelo sucio y unas gafotas horribles y pesadas. Y un inglés con acento de Murcia estupendo. Y una mirada inocente y triste, también.
Me la imaginaba a ella en una clase adaptada a la situación, con un micrófono en mano y cantando con una voz maravillosa, sonriendo. La primera canción me calentaba la imaginación, la segunda y la tercera me relajaban, y la cuarta y quinta del disco eran un dueto con un tío. Yo lo que hacía era imaginar que de la clase salía el listo, el de siempre, y se ponía a cantar con ella. Tirándose besos y sonriéndo juntos, hablándose con cariño y con chispa.
La sexta empezaba con lluvia, o algo que me hacía ver una calle oscura y mojada. Nunca llegué a escucharle el final.